viernes, 17 de febrero de 2017

Experimentando con sal azul

Desde agosto del 2015 que tenía una enorme tupper lleno de sal con colorante azul en mi cocina ocupando un buen espacio. Mi marido no se acostumbraba a verlo día tras día en su lugar sin un objetivo definido en su existencia más que mi insistencia en que se lo iba a sacar a los niños para que jugaran con él en cuanto viera el momento adecuado. Y así pasó un año... y medio año más... hasta que me dio un ultimatum: o se lo daba a los peques para jugar o cualquier día lo hacía desaparecer.

Como últimamente voy a la carrera y con el tiempo libre a cero seguí sin ver el momento, pero un fin de semana cualquiera, de esos que las pelusas nos comían y la ropa sucia desbordaba el cesto peligrosamente... Les saqué el tupper conl a sal azul a mis churumbeles.

Muy emocionados metieron las manitas sin muchos miramientos para hundirlas en el curioso material que les estaba presentando. En un principio estaba duro porque el colorante se había ido evaporando, pero era muy quebradizo y encontraron la diversión extrema en convertir en polvo todas las estructuras que se habían formado con el tiempo.

Me hubiera gustado acompañarles en sus juegos, pero, como ya dije, tenía asuntos urgentes que reclamaban mi presencia. Así que confié en su sentido de la responsabilidad y su sentido común para entregarme de lleno a las tareas del hogar.

Error. Aún estoy sacando sal azul de los lugares más insospechados de mi cocina.

Eso sí, mi marido se ha quedado a gusto por el grueso de la sal ya está en la basura desde aquél fatídico día.

Qué hacer con el maquillaje caducado

¿Eres madre y sólo te pintas cuando es estrictamente necesario? Pues fijo que tienes un cargamento de maquillaje caducado escondido en lo más profundo del armario. O eso es lo que me pasó a mí.

Siguiendo las directrices de Orden y limpieza he ido organizando los armarios y el hogar en general a ratos (los pocos que tenía libre) y, de repente, un día, le todó al armario de las toallas. En ese espacio no sólo metemos las toallas, noooo. Vamos acumulando medicinas, cremas, cosméticos, artilugios de higiene como las pinzas o las limas, coleteros... Y una amplio etcétera.

El maquillaje que uso más frecuentemente lo tengo en el baño, a mano, pero ¡oh! sorpresa. En ese armario había barras de labios de cuando yo era una imberbe estudiante universitaria. Kilos y kilos de cosméticos para arreglar la cara y ponerme hermosa. ¿Y que hago ahora yo con tanto potingue tóxico?

Pues si eres madre lo tienes que tener más que claro. Llamar a tus churumbeles y prometerles la experiencia artísitica más brillante y pringosa de su vida. ¿Quien no acudiría a la llamada? Los míos vinieron raudos y veloces y se maravillaron con cada tesoro que les mostré. Les di unos folios y los empezaron a embaduirnar encantados.

Más feliz que una perdiz por tenerlos entretenidos me puse a seguir con la operación orden. Pero en menos de diez minutos vi al pequeño correr raudo y veloz pasillo arriba y pasillo abajo lanzando pelotas alegremente. Me acerqué a él para explicarle que las pelotas son para el exterior mayoremente y él a su vez me aclaró que se había cansado de plasmar su arte con potingues y que prefería témperas. Las témperas otro día. Lo dejé entretenido con los juguetes de su cuarto y fui a ver al mayor que seguía totalmente absorbido por la actividad. Ya me había espachurrado dos pintalabios y hecho trizas unos coloretes. Estaba encantado con sus experimentos artísticos, así que, como de todas maneras iba a tener que tirarlo todo le dejé seguir haciendo.

Estuvo mucho tiempo pintando y espolvoreando. Tanto que al final escuché sus súplicas y guardé los restos del maquillaje en un cajón de material de manualidades para él. Al menos seguiremos usándolos y no sentiré tanto la pérdida.

jueves, 16 de febrero de 2017

La familia de algodones

"Mamá necesitos algodones", me pidió el primogénito una tarde.
"¿Para qué?", quise saber intrigada.
"Para el cole", me soltó sin más detalles. Así que saqué unos discos para desmaquillarme y se los di. El peque los miró, le dio la vuelta a unos, lo volvió a voltear, me miró un poco confundido y me confesó que no estaba muy seguro de que esos fueran los algodones a los que se refería su profesora de plástica. "Pero a ver", insistí yo, "para qué los quieres exactamente".

"Para hacer una ovejita", me explicó. después de un tira y afloja conseguí que me dijera el tamaño aproximado de la oveja y le dí todos los algodones blancos de los algodoncitos redonditos de colorines que guardo en el cajón de las manualidades. Para guardarlos le di una bolsita de esas que tiene cierre y que se suelen usar para guardar elementos de juegos de mesa, cartas... Y lo que se tercie.

Muy contento guardó su tesoros en la mochila del cole.

Al día siguiente, bajó las escaleras de dos en dos agitando la bolsita con una sola bolita de algodón. llegó dónde le esperábamos su hermano y yo nos soltó muy feliz: "Os presento a pelusón"

El que se puso pelusón de inmediato fue Iván, que exigió su mascota algodonosa en el acto. Aún tuvo que esperar a volver a casa, envidiando al mayor durante todo el camino, para hacerse con la suya propia, incluida bolsita. Pero como no les pareció suficiente a ninguno de los dos, me pidieron más algodoncitos de colorines y más bolsitas para formar su familia de pelusones.

Daniel hasta les puso un vaso para beber. Sería bonito decir que la familia pelusona vive feliz con nosotros, pero la emoción del duró hasta el día siguiente y en la actualidad no sabría decir el paradero de ninguno de los miembros algodonosos de la comunidad pelusa.

miércoles, 15 de febrero de 2017

Mindfulness en Yogarati

Seguimos con el mindfulness para intentar relajar a mis fieras. Les he apuntado a un taller en Yogarati que está siendo todo un descubrimiento. Los dirige Inés Merino, pediatra y experta en Educación Emocional y en Mindfulness para niños. Una auténtica crack hasta con los peques más nerviosos.

En la primera sesión ya pudimos comprobar que el taller es completísimo. Realizamos juegos para aprender a controlar nuestra respiración, nuestro cuerpo, los sentidos... La profesora nos hizo un cuentacuento muy adaptado a niños pequeños para que sean conscientes de que nos cuesta mucho concentrarnos en lo que está pasando en este mismo momento y que necesitamos anclas que nos devuelvan al presente para ser conscientes de nosotros mismos. El protagonista tenía problemas para alcanzar su objetivo de vivir el presente y nosotros teníamos que ayudarle con juegos que, en realidad, eran ejercicios de concentración y relajación.

En uno de ellos, teníamos que concentrarnos en nuestra respiración y si nuestra mente volaba a otro lado teníamos que meter una ficha de mono en un barco casero. Daniel metió dos monos y cuando le preguntó la profesora que le había distraído el contestó que las notas que iba a sacar en los exámenes: "esta ficha es por el de mates y lengua y esta otra por el de inglés". Las fichas eran de monos, porque cuando tenemos la mente dispersa lo llama mente de mono para que el niño sepa identificarla fácilmente.

Mentiría si dijera que estuvieron atentos y concentrados todo el rato. Cuando les decían que caminara en silencio iban pegando saltos, por ejemplo, pero la profesora paró la clase para decirnos a los padres que dejáramos a los niños a su aire, que si había que llamar la atención a alguno que ya lo haría ella, pero que no les podíamos exigir plena atención con las edades que tenían y que era mejor que se sumaran a los juegos por voluntad propia. Además, aseguró que le interesaba más que lo padres prestáramos plena atención porque luego tendríamos que repetir esas técnicas en casa.

¡Y lo dijo en serio! Nos dio material para motivar al niño a hacer los ejercicios de mindfulness y nos mandó tres audios para ponérselos durante diez minutos o menos, según la edad del niño, todas las noches antes de irse a dormir. Eso sí, nos ha rogado que no les obliguemos bajo ningún concepto. La idea es que yo lo haga y ellos me sigan por voluntad propia (y por poner las pegatinas y los dibujos que les ha dado).

Durante la primera clase también disfrutamos de chocolate (una golosina marciana) al estilo Mindfulness. Explorando lentamente con todos los sentidos el trocito. Con el tacto, con el oído, con el gusto... disfrutándolo en cada momento. Excepto de la vista porque teníamos que cerrar los ojos para hacer más intensa la experiencia. Aunque creo que lo que más les gustó a los peques fue la actividad del masaje. Me la piden mucho en casa y se relajan tanto que se acaban olvidando del tiempo presente una vez más.

La segunda clase también estuvo llena de actividades maravillosas: un mantra muy relajante, la respiración siguiendo el contorno de los dedos del compañero, un juego con agua y purpurina para explicar cómo afectan las emociones a nuestra mente... Y lo mejor de todo, nos presentó el cerebro triuno a través del protagonista del cuento de la primera sesión. Unos personajes bastante malhumorados representaban el malestar por la carencia de alguna necesidad básica (hambre, frío, cansancio...) y la ira. Menos mal que tenemos un personaje muy simpático que, cuando logramos despertarle, nos hace razonar y llegar a acuerdos, pactos, soluciones... A través de estos personajes, más el que representan los sentimientos, estoy logrando que los peques me cuenten muchas cosas y comprendan un poco más el funcionamiento de su mente. Aunque con Iván está costando bastante. Según él siempre es razonable y no se acuerda de que se haya enfadado en todo el día. Poco a poco...

Al final nos propuso hacer la actividad de Detectives de nuestra mente y nuestros pensamientos con un audio y unos recortes en forma de nubes, cuerpos y notas musicales tanto blancas como negras. También les dio a los peques la linterna de la atención que los tiene emocionados y con las que se han inventado mil juegos.

Casi todas las noches, antes de dormir, siguiendo la recomendación de la profesora, nos preparamos para los ejercicios de mindfulness. A veces eligen ellos uno, otras yo. Hacemos uno, como máximo dos, y la burbuja de la Paz que aprendimos en el Taller de Burbujas de Paz de la Casa del Lector. Luego viene una fabulosa clase de Yoga inventada por mis peques que se turnan para hacer de profesores. Hacemos la postura de la X, de la ola, del ninja... Se parten de la risa y creo que se pierde lo que habíamos logrado con el mindfulness, pero se lo pasan pipa. Al final pegamos las pegatinas de las hojas del taller y las de sus clases de Yoga inventadas y ¡a la cama!

Las tardes se hacen cortísimas entre parque (si hace buen día), deberes, baños, cenas, cuento, mindfulness y yoga.


martes, 14 de febrero de 2017

Imaginación al poder

Me parto con Daniel. Ayer cuando llegué del trabajo me lo encontré con media caja de cereales en la cabeza luchando contra el enemigo. Ni que decir tiene que se había construído un casco de lo más aparente. Daba hasta miedito.

Y por la noche nos regaló con un concierto exclusivo de xilófono acuático. ¡Vamos! Que arrambló con los vasos de todos y los aporreó con el tenedor. Hubo un momento en el que tuve que pedirle que tocara más suave si no su plan no era que renováramos menaje.

El puente
Por su parte, Iván se ha convertido en una artista de las sillas. Las coloca, las mueve, las vuelve a colocar y consigue magníficas obras de arte. Hasta les pone nombre antes de destruirlas para hacer una nueva. Él mismo forma parte de sus esculturas. Esto lo pones en una galería new age y triunfa.

Equilibrio
Esto me lleva de nuevo a la reflexión: ¿Por qué sigo comprándoles juguetes? ¡Con lo felices que serían en una central de reciclaje! jajaja

Caballito

El viejecito

Hombre montando un delfín

domingo, 12 de febrero de 2017

Porque yo tengo una banda de rock & roll

Dice Raúl que él en su vida tuvo un instrumento musical cuando era niño. En mi caso no se cumplió porque nosotros tuvimos, aunque ya algo mayores, un órgano que nos encantaba. Y más concretamente, yo tuve un timple porque me apuntaron a clases de ese instrumento, pero no me gustaba nada. De repente, un día, el timple apareció rejado por detrás y las culpas recayeron en mí. No recuerdo haberlo roto a posta, pero tampoco sentí mucho su pérdida. Hay que ser sincera.

Mis experiencias musicales de niña se quedan en minucias si las comparamos con las de nuestros niños. Si abrimos el baúl de la habitación de Iván encontraremos una fuente inagotable de instrumentos musicales: una guitarra eléctrica, muchas clases de maracas, panderetas, pitos, armónicas, un tambor, una flauta... Y debajo de la cama de los peques el órgano que les trajeron los reyes el año pasado y una batería nuevecita que les trajeron este año para reponer la que se cargaron de tanto usarla. Y son juguetes que triunfan. No hay nada que mole más que hacer un concierto para la familia.

El otro día me organizaron uno los hombres de la familia que me dejó flipada. Iván a la batería, Raúl a la guitarra y Daniel con el órgano y cantando "Hay un alma inmortal que vaga en la oscuridaaaaaad. Hay un alma inmortal que busca tu saaaaangre" con mucho sentimiento. Así que ya puedo decir que yo tengo una banda de rock and roll como Loquillo.

Y tampoco es que necesiten instrumentos musicales. Sólo hay que verles bailar y cantar el nuevo greatest hits de  Daniel: "Gato, gato, gato bandolero. Es una monada. Te quita el dinero". Un día me como a estos niños y al padre por seguirles tanto la corriente en su vocación de artistas de la canción.

sábado, 11 de febrero de 2017

La ciudad de mis niños

Una tarde, mis hijos me pidieron folios y se encerraron en sus habitaciones muy concentrados. No había niños. Ni que decir tiene que me dio tiempo a avanzar muchísimas cosas mientros ellos dibujaban esto y lo otro.

Yo pensaba que cada uno estaba a lo suyo, pero debían de haberlo hablado porque los dos estaban haciendo la misma actividad. El primero en acabar fue Daniel. "Mami, ¿me juntas mi ciudad con celo?". Muy intrigada le seguí hasta su habitación con la cinta adhesiva. Allí me indicó que folio iba primero y cual después. Los pegué todos siguiendo sus instrucciones y luego fueron a adornar la pared de su cama. Entonces me explicó que había dibujado el inicio de la ciudad que comenzaba con arena y un pequeño bosque. Luego las viviendas con un parque infantil con lago incluido. Seguidamente un carrefour y un huerto para abastecerlo. Y por último una tienda de ropa en rebajas y la casa del ayuntamiento dónde vivía el alcalde. ¡Ah! Y el  cartel de fin. No le faltó detalle.

Admirando la ciudad de Daniel estaba cuando vino el pequeño para que le pegara la suya. Y así lo hice. En su ciudad había una granja, un castillo, una playa y el fin del pueblo. Muy chula también. Seguro que cada una representa lo que les parece lo más importante o lo que más les gusta. También lo colgamos sobre su cama.

La decoración de mi casa pasa por las manos de mis hijos jajaja