lunes, 19 de julio de 2010

Marcas

Un día le estaba quitando la camiseta al bebé para meterlo en el baño cuando descubrí un arañazo kilómetrico que le surcaba la piel. Le di la vuelta y en la espalda tenía una rojez. ¡Madre mía! eso seguro que se lo he hecho yo. Me entró un cargo de conciencia enorme.
Como no para de moverse a veces le cojo en el último momento, antes de que se meta el tortazo, y le aprieto sin querer para que no se escape y se caiga o le araño sin intención. Y eso que me corto las uñas cada poco para evitar esas situaciónes. Además hay que contar con los arañazos que se hace el mismo, porque cortarle las uñas es casi una misión imposible. Así que le corto una o dos, como mucho tres, de vez en cuando. Como se revuelve mucho me da miedo cortar de más y hacerle daño.

Las rodillitas están constantemente rojas porque con el calor las tiene al aire y no deja de friccionarlas contra el suelo para gatear. El caso es que al final del día, el pobre está hecho un pequeño cristo. Un cristo feliz y revoltoso, pero un cristo al fin y al cabo.

Por mucho que pongo toda mi atención y cuidado en que al niño no le pase nada no puedo evitar los roces y las pequeñas caídas, con su consiguiente marquita en la piel. Es una batalla perdida.


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