lunes, 24 de abril de 2017

Mercadillo de trueque de libros

Al día siguiente, los peques se levantaron muy emocionados porque el viernes se celebraba el mercadillo de trueque de libros. Una iniciativa que también me ha encantado y espero que repitan. Los niños llevan libros durante quince días, las profesoras les dan tickets por cada ejemplar en buen estado que traen y el día que celebran el día del libro pueden coger tantos libros como tickets tengan.

Me costó dios y ayuda que Daniel llevara libros al cole para tal fin porque resulta que, justo en ese momento, le gustaban todos. Hasta los que hacía siglos que ya no se miraba. Se aferraba los que le había presentado como sugerencia con cara de ultraje. Al final le convencimos para llevarlos con el razonamiento de que siempre podía coger los suyos de nuevo. 

Cuando se enteró de los que había llevado su hermano tampoco le gustó un pelo. "El viernes los coges de nuevo, eh, Iván", le repetía a su hermano una y otra vez. "Que esos libros molan mucho".

Así que llegó el viernes y se fueron al cole muy emocionados. El primero que salió a mi encuentro esa tarde fue el primogénito, blandiendo un ejemplar muy chulo del famoso Gerónimo Stilton que traía una historia y sugerencias de juegos veraniegos, un librito sobre la aventura de unos mamuts y un zorro que tenían que huir de los salvajes humanos y otro librito de jugar a ser detectives y encontrar cosas en las imágenes. Los dos últimos eran de los que regalaban en el McDonalds y Burger King y, curiosamente son los que más juego le están dando, no se despega de ellos. Le han encantado. Más que el del ratón periodista. Que lo tiene en la cola para leer.

Cuando vió salir a su hermano salió disparado hacia él para ver cuales había cogido. Venía cargando con uno sobre el color verde de Edebé muy brillante y otro muy colorido de animales de granja. Oí que le decía: "Veeees. Ves como es mejor éste que el que llevé... Vienen gatitos y pollitos y burritos..." y el hermano asentía emocionado mirando las adquisiciones del más pequeño.

Ha sido todo un éxito. Están muy orgullosos de los libros que ellos solitos han elegido en el cole.


sábado, 22 de abril de 2017

Diplomas de honor por el día del libro

Con qué alegría me enseñaron los diplomas que les habían dado a los peques con motivo del día del libro cuando salieron el jueves del cole. En un principio pensé que se los habían dado a todos los compañeros, pero enseguida me sacaron del error. Era un diploma de honor por el amor a la lectura de los peques basado en la cantidad de veces que han visitado la biblioteca del cole. Y eso que este año no hemos ido mucho porque se nos complican las tardes entre pitos y flautas.

Recuerdo que durante el primer año de infantil de Daniel hicieron lo mismo, pero, de repente dejaron de dar esos diplomas y a mí ya se me había olvidado esa iniciativa. Me alegro de que vuelvan a hacerlo porque incitaba a los peques a pasarse por la biblioteca. Y siempre se encuentran libros chulos. ¡Verdaderos tesoros! A nosotros nos encanta revisar las estanterías y repasar los títulos hasta encontrarnos con alguna sorpresa. De hecho, hay libros que nos han visitado más de una vez porque triunfan mucho (por ejemplo, el de La Mora).

El caso es que los peques salían muy emocionados porque les habían dado los diplomas por sorpresa y sus compañeros les habían aplaudido. ¡Vaya experiencia! Y encima les paso lo mismo a los dos hermanos en sus respectivas clases. Se sentían muy comprendidos entre ellos. Se sonreían y agitaban sus diplomas muy contentos... Hasta que Daniel empezó a picar a Iván, como viene siendo lo normal. Y todo derivó en riñas maternales mezcladas con felicitaciones orgullosas. Una cosa muy rara.


jueves, 20 de abril de 2017

La Pasión viviente de Covarrubias

En Covarrubias tiene una procesión poco habitual. No sacan imágenes a pasear por las calles, sino que la gente se convierte en figuras que cuentan la historia de la Pasión de Cristo. Los devotos y turistas van recorriendo las calles y parando a ver cada escena protagonizada por voluntarios que aguantan el frío y los calambres cada año, porque se quedan quietos como estatuas durante el tiempo que tardan en pasar a su lado. Tiene mérito y es muy impresionante de ver.

Nosotros no habíamos llevado a los niños porque no es un episodio de la Biblia que veamos muy apto para peques. Y creíamos que los tres crucificados del final, al menos, les iban a impresionar demasiado. Pero este año se empeñaron en ir porque iban sus amiguitos. Que al final ni vimos. Pero lo que sí vimos fueron las escenas de sufrimiento del sacrificio del hijo de Dios.

Los chiquillos abrían sus ojos como platos y me preguntaban el por qué de las escenas. Algo dificilillas de explicar porque tiene tela la cosa de cómo Judas se ahorcó porque no podía aguantar los remordimientos y que a  Jesús le fueron torturando por el camino hasta la cruz. Todo iluminado con focos y hogueras que lo hacían parecer aún más tétrico. "¿Por qué están matando a esos señores?", me preguntaban insistentemente los chiquillos que no relacionaban que todos eran el mismo personaje. Y yo les decía que era todo mentira, que eran gente que mañana verían tan panchos por el pueblo. "¿Y por qué hacen esto? Con tanta sangre y eso. No lo entiendo", proseguía el mayor. "¡Mira mamá, allí están matando al padre de pepito" señalaba el pequeño.

Al menos no parecían nada traumatizados. Lo observaban todo con curiosidad sin más. Como ya sabíamos, los tres crucificados del final les impactaron bastante y no se querían ir de allí ni a tiros. pero la historia es que había que avanzar porque el resto de la procesión también quería ver el espectáculo.

Raúl comentaba de vuelta a casa cómo, algo que antes estaba lleno de sentimiento religioso, se ha convertido, en su mayor parte, en una atracción para turistas. En la multitud veías de todo. Gente muy respetuosa, otros que pasaban de todo y algunos que se reían escandalosamente como su estuvieran en un circo. Y eso no es. El respeto, para mí, es muy importante.

De la procesión nos fuimos a cenar un cordero al horno que estaba increíble con unos amigos. Los niños no hicieron ni el más mínimo comentario sobre la Pasión Viviente. Sólo jugaban alegremente con los amigos, así que al final me sentí muy exagerada por no llevarles antes.

miércoles, 19 de abril de 2017

Sello madresférico: Experiencia Mary Kay

Ahora que se acerca el buen tiempo me entran unas ganas locas de cuidarme, mucho más que en épocas de frío. Confieso que en invierno mi idea del culto al cuerpo se ajusta a un buen cocido con siesta posterior. El abrigo todo lo cubre. ¡Que más da! Pero los grados van subiendo y voy desempolvando la operación bikini y las cremitas que me protejan de las inclemencias del verano. Así que cuando me cogieron para el sello de calidad madresférico de Mary Kay me puse la mar de contenta. Me iban a mandar un set para el cuidado de la manos, un pintalabios hidratante y un desmaquillante de ojos que prometían mucho.

Cierto es que las inclemencias del invierno también se las trae, pero parece que sólo me centro en la cara y, como mucho en las manos. Yo soy de las que se pone el body milk directamente en todos los lados, así que no es raro que me sorprendieran muchísimo los resultados del primer producto que probé: Set Manos de Seda Satin Hands Té Blanco & Cítricos.

Incluye Tratamiento Suavizante de Manos Satin Hands 60 g, un Gel Exfoliante Satin Hands 220 g y una Crema de Manos Satin Hands 85 g. Mis manos de bruja parecen haber retrocedido unos cuantos años y ya no las veo tan rugosas y ásperas. Las noto más suaves y con mejor color.

Mi marido, que echa mano a la crema de vez en cuando, también asegura que ha notado resultados. Éste producto es aconsejable para las que les gusta mimarse sin reparar en las horas porque son tres pasos y si vamos estresadas no se disfruta.

En mi caso, confieso que lo que más uso es la crema. El exfoliante en contadas ocasiones y a veces el tratamiento. Me encanta el perfume del exfoliante y de la crema. El tratamiento, como la llaman, me huele a almendras, aunque en el prospecto dice que no tiene olor. Tampoco me disgusta, aunque su pastosidad sí que me resulta menos agradable que la suavidad de la crema. Esa última sí que se me va a acabar enseguida.

El otro producto que nos enviaron fue un Lápiz de Labios Gel Semi-Mate Mary Kay de color morado que me encanta. Es muy agradable en contacto con los labios e hidrata a la vez que da un color muy vivo que alegra la cara. Es lo que más me ha gustado. Lo estoy usando casi todos los días con muy buen resultado.

Y por último, hablaros del Desmaquillador de Ojos Líquido Mary Kay, que le hizo más ilusión a mi marido que a mí porque ya estaba cansado de verme ojos de no muerta cada dos por trés. Con esto quiero decir que no suelo usar ningún desmaquillante. Con agüita y papel higiénico voy que me mato. Y, claro, así que el resultado no era el más óptimo. En cambio, éste me quita todo el maquillaje sin mucho esfuerzo. Quizás cuesta un poco más con el delineador (el que uso es muy resistente) pero el resto me lo quita casi de una pasada. Lo sé porque me maquillé a posta con sombra, rimel y delineador muy marcado. Sólo para hacer la prueba. Y me dejó la mirada limpita y sin rastro de ojeras pintadas ni churretones.

Lo que no me gustó mucho es que también se queda la piel muy aceitosa. Supongo que eso es bueno para la hidratación, pero la sensación no me resultó nada agradable. Así que me lavé la cara para quitarme el aceite y listo. Mi marido está muy contento de verme por fin sin el más mínimo rastro de maquillaje.


martes, 18 de abril de 2017

A la búsqueda del huevo de Pascua

Ya viene siendo casi una tradición la búsqueda de los huevos de Pascua en el patio trasero de la casa del pueblo. Este año se nos han juntado nada menos que diez niños ansiosos por encontrar todas las golosinas chocolateadas.

Como ha hecho un calor impresionante no era muy aconsejable esconder los huevos mucho antes de que los niños hicieran su aparición porque, por otro año que ocurrió lo mismo, el riesgo de tener sopa de chocolate es muy alto. Así que estuvimos todo el día de juerga y cachondeo y, cuando llegó el momento, escondimos los huevos otra mami y yo a todo correr mientras los peques esperaban ansiosos dentro de la casa.

Antes de dar el pistoletazo de salida les expliqué las reglas. Son nuevas, pero me pareció importante ponerlas para evitar disgustos. Eran muy sencillas. Se buscan los huevos, se apilan en la mesa y luego se reparten equitativamente.

Todos estuvieron de acuerdo y se pusieron a buscarlos muy emocionados. Uno de los peques me criticó que los había puesto muy fáciles de encontrar. A ver si es verdad porque la abuela luego se va encontrando huevitos chuchurríos durante todo el año. Aún así me encontré tres en la limpieza posterior.

Los chiquillos juntaron todo lo que encontraron sobre la mesa y la otra madre que me estaba ayudando los repartió dejando alguno para nosotras, que somos las que habíamos currado y también nos merecíamos la golosina.

En cuanto echaron mano cada uno a su montón se sentaron todos a comerlos en el cesped. Les debió parecer muy aburrido eso de repartirlos equitativamente porque de repente comencé a oir "¿Quien quiere este huevo?", contestado por un bramido cacofónico que decía "Yoooooo". "Pues a por éeeeel", el niño tiraba el huevo y todos los demás se mataban por cogerlo. Se lo debieron pasar muy bien con el nuevo juego porque no les oí llorar en ningún momento.

Tras el festín a chocolate se pusieron a jugar a "Pies quietos", un juego que no conocía, pero que parece extremadamente divertido. El que se la queda se pone en el centro con una pelota (blandita), grita el nombre de un niño y sale corriendo. El aludido corre a por la pelota y si la coge antes de que toque el suelo la vuelve a tirar al aire diciendo el nombre de otro niño. Si se le cae tiene que cogerla de nuevo y gritar pies quietos. Todos se quedan parados en su sitio. Si el que la liga da a uno lo elimina y si no le da queda eliminado él. La dinámica es muy rápida por lo que no pasaban mucho tiempo fuera del juego.

Mis niños pronto empezaron a notar el cansancio, sobre todo Iván, que se emperretó justo cuando íbamos a sentarnos para dar buena cuenta de las chuletas, chorizos, pancetas y morcillas de la parrillada.

Daniel decayó un poco delante de la tele, pero tras recuperar fuerza a base de carnaza estuvo otro buen rato jugando en el patio con los amigos. Esa noche cayeron reventados. Y sus padres también.

lunes, 17 de abril de 2017

Paella, pueblo, río y mucho sol

Esta Semana Santa he desconectado al máximo. La culpa de todo la tiene la buena vida. El solecito agradable y las comilonas entre amigos absorben mucho y me han obligado a coger el móvil sólo para hacer fotos.

La tarde que llegué a Covarrubias, después de tres duros de días de trabajo agotador en los madriles mientras los niños disfrutaban del pueblo, planeamos una paellita a orillas del río delante de una cervecita en una terraza de la plaza Mayor.

Mientras, los niños corrían y jugaban incansables. Esa noche nos retiramos tarde, cenamos más tarde aún y nos fuimos a dormir a una hora escandalosa para la rutina de estos peques.

Aún así madrugaron mucho más que yo. Nada más terminar de desayunar corrimos al río para pillar mesa, mientras los muchachos se encargaban de montar todo y hacer las últimas compras.

Los peques no tardaron en quedarse en calzoncillos para meterse en las congeladas aguas del río. No les venía mal porque por los grados podíamos estar en pleno agosto en vez de en abril.

Entre sidra, arroz y marisco pasamos una jornada de risas y relax. Sin darnos cuenta de lo estragos que hacían los rayos solares en nuestra piel. De nada sirvieron las gorras ni la crema solar. Todos nos quemamos en mayor o menor medida. Se hicieron tres paellas. La primera para los niños, que ya andaban caninos, la segunda para los adultos, mientras los peques jugaban de una lado para otro del río. Y una tercera que cayó por vicio. Terminamos de comer a la hora de merendar. Tras un rato de charla recogimos el campamento. Todavía teníamos que ir a comprar las chuletas de la barbacoa de esa noche...

viernes, 14 de abril de 2017

La escapada de Daniel

En los pueblos se vive con más calma y tranquilidad. Eso es un hecho. Así que cuando Daniel y su amigo nos dijeron que se iban al jardín de la Iglesia por su cuenta no le dimos mucha importancia. Pero el tiempo pasaba y los chiquillos no volvían, así que la madre del otro peque mandó a su prima a buscarlo. Ya era hora de volver a casa.

Pero aún no podríamos recogernos porque resulta que, oh sorpresa (aunque no mucha sorpresa para mí), los peques no estaban dónde decían que iban a estar. La otra mamá se giró a mí y me preguntó: "¿Podemos confiar en Daniel?", a lo que yo respondí sin pensar "Podemos confiar en que la va a liarla seguro". Me temo que esa no era la respuesta que esperaba y en cuestión de segundos estábamos todos buscando a los chiquillos.

Al principio no le di mucha importancia, pero a medida que peinábamos las calles y no aparecían me fui poniendo más y más nerviosa. Al fin y al cabo pasan coches. Y al ser fin de semana el pueblo estaba lleno de turistas y gente desconocida. Así que yo iba empalideciendo mientras mi marido seguía tan pichi e Iván iba enumerando todos los posibles castigos que podíamos poner a su hermano.

Tras poner a todos los que nos cruzábamos en antecedentes para que nos avisaran si veían a los fugados y recorrer todo el pueblo nos llamaron desde la plaza para avisarnos de que habían aparecido por fin. Nada más verme la nariz mi primogénito comenzó a gritar: "Mamáaaa, hay una explicación, hay una explicación". Y yo le contestaba a bramidos: "Me da iguaaaal. No quiero oirlaaaa".

En cuanto llegué a su lado le eché una bronca muy seria y su padre le castigó sin pantallas toda la semana santa. "Buf, menos mal", se le escapó. Alucinados le preguntamos que cómo que menos mal. ¡¡Si le estábamos castigando con lo que más le gusta!! "Que va mamá. Me contestó. Lo de mi amigo es peor: Le han castigado SIN CENAR. Ese sí que es el peor castigo del mundo". Está claro que a este chico le domina el estómago.

Dicho esto se sacó un chupa chups de no sé dónde y se dispuso a contarnos su aventura. "¿Y esooooo?", le preguntamos señalando el chupa chups. "Es que tenía sed, nos metimos en un bar, pedimos agua por favor y nos dieron un vaso y esto. ¡A que mola!". No le veía yo nada arrepentido de su hazaña.

Según él, se perdieron y no encontraron el jardín de la iglesia, con lo que decidió ir a casa, pero como había una carretera muy grande en medio se dieron la vuelta y llegaron a la casa de su amigo, pero como no había nadie, se fueron a dar una vuelta y cruzaron ¡otra carretera! (ainss que lo mato) y que gracias a un abuelo no les pilló un coche (aaarg). Y luego llegaron al arco... ¡Vamos que se patearon todo el pueblo menos la plaza en la que estábamos nosotros!


jueves, 13 de abril de 2017

Pelos de verano

Lleva ya mucho tiempo haciéndole a nuestro peluquero particular (mi marido) la conveniencia de descargar bastante la cabecita de nuestros churumbeles. Los peques ya ni podían ver bien con esas melenas, pero ellos erre que erre que estaban genial así. Y mi marido sin tiempo para respirar, mucho menos para cortarles el pelo.

Pero se nos presentaba una oportunidad única: un fin de semana en el pueblo, lejos del mundanal ruido y del ajetreo de la rutina. No iban a poder escapar de la maquinilla.

Y no escaparon. Mi marido les hizo la 3,14 y los sentó en contra de su voluntad para trasquilar sin piedad. Y había mucho que trasquilar. En el suelo había más pelo que en mi cabeza. Los chiquillos protestaron mucho, muchísimo, pero en cuanto se vieron se conformaron. ¡Estaban guapísimos!

Por fin se les ve la cara.


miércoles, 12 de abril de 2017

Los leprechaun de jardín

Una buena amiga me ofreció unos leprechauns de yeso para que mis niños los pintaran. Sabe que nos encantan las manualidades y actividades artísticas, así que el regalo sería un éxito seguro. Y lo fue, pero de la manera más insospechada.

Pensé que me estaba hablando de las típicas figuras pequeñitas que puedes encontrar en muchos sitios, pero cuando se presentó en mi casa con dos estatuas bien chulas mi marido se enamoró de ellas y no quiso ni oír que los niños las convirtieran en arte naif. Se convirtió en una especie de gollum y me costó la vida hacerle entender que se los habían regalado a sus hijos.

Al final accedió a que los peques los pintaran de gris para que emularan estatuas e hicieran compañía al conejo de piedra que la abuela tiene en Covarrubias. Él se encargó de comprar el protector y la pintura gris perla. Decidimos que el mejor momento para hacer la actividad era en el pueblo durante las vacaciones de Semana Santa.

Preparé la mesa del patio para poder llevarla a cabo con comodidad y llamé a los pequeños. Le encantó la propuesta. Enseguida se pusieron a ello mientras mi marido intentaba currar desde el porche (era sábado, pero esto es lo que tiene el horario flexible, que se estira, se estira...). No se concentraba porque tenía un ojo en lo suyo y otro en los niños: "Que no gotee", "Pero pinta debajo del ala del sombrero", "Estás dejando muchas zonas sin pintar"...

Sufría por sus leprechauns y bramaba instrucciones desde su asiento. "¡Que son niños!" le increpaba yo desde el patio, "No picasos". Y los peques a lo suyo haciendo oídos sordos. "Lo estamos haciendo muy bien. ¿Verdad, mamá?", me decían mientras Raúl y yo nos enzarzábamos en una discusión titánica. "Claro que sí, amor, vosotros lo hacéis PERFECTAMENTE".

En cuanto se cansaron y se fueron a jugar, mi marido me puso un pincel en la mano. "Yo tengo que seguir trabajando, así que te toca a ti enmendar err... digooo.. Perfeccionar lo que han hecho los artistas". Me puse a ello un poco mosca, pero me puse. Cuando terminé, le llamé para que diera el visto bueno y puso el grito en el cielo. "¡De los niños me lo esperaba, pero de tiiiiii! Esto está fatallll". Con lo que fue él el que finalmente cogió el pincel y se dedicó a arreglar todos nuestros desaguisados.

Cuando se secó el protector, un día después, tocó pintarlos de gris y los chiquillos volvieron a coger el pincel con entusiasmo. Parece que Raúl se había calmado y hubo mucha más paz ese día. Seguimos el mismo procedimiento. Los chiquillos pintaron hasta que se cansaron. Y pintaron un montón. Luego me puse yo a mejorar uno de ellos y, finalmente, el padre se sentó a mejorar el otro. "Ves", me dijo, "éste está perfecto", aseguró señalando su leprechaun. "Y éste", señaló el mío, "un poco menos perfecto, ejem". "¡Ejem! Le contesté yo frunciendo el ceño. Así que no añadió más comentarios.

Tenemos unos preciosos leprechauns de yeso con apariencia de estatua adornando el patio. Aunque ahora los niños se quejan de que son "aburridos", que con colores más vivos hubieran quedado mejor. Le da un patatus al padre.

martes, 11 de abril de 2017

Mis niños y el río Arlanza

Llevar a los niños al río de Covarrubias es una apuesta de ocio segura. Se lo pasan pipa. Y más si hace el calor inusual de este fin de semana. La idea era ir a dar una vuelta, tirar piedrecitas, jugar con la arena...

Pero la cosa se nos fue de las manos y los críos acabaron dentro del río y saltando de piedra en piedra cual cabritillas felices.

Yo no quise comprobarlo, pero estoy segura de que el agua estaba más fría que el hielo, aunque la temperatura externa rozara los 25 grados. De hecho, los chiquillos salieron de allí con los pies azules. Cuando les pregunté si no se habían dado cuenta de que se estaban congelando me miraron con cara de "Qué dice esta loca, con lo bien que nos lo estábamos pasando". Y, ciertamente, me costó la vida sacarlos de allí. Casi me tengo que meter yo a por ellos. Menos mal que no hizo falta brrrr

Una vez fuera del agua, y tras comprobar varias veces que no les iba a dejar volver al agua para que cogieran un pulmonía, se pusieron a jugar en la arena con sus amigos e hicieron un volcán muy grande, que Daniel se empeñó en destrozar casi al final. Lo que le valió un castiguito de esos que parece coleccionar.

Lo cierto es que el río estaba precioso e invitaba a sentarse a contemplarlo... Si no hubiera ido con las fieras, claro.

lunes, 10 de abril de 2017

Iván y la cinta de gimnasia

Entraba yo al estudio dispuesta a currar un poco cuando me encontré al más pequeño de la familia intentando atar una cinta que tengo para manualidades a un lápiz. Me interesé por sus evoluciones y vi que lo tenía difícil porque la cinta resbalaba bastante, aún así no se daba por vencido.

"Cariño, Tengo una idea para hacer eso y que resiste. ¿Me lo dejas?", le propuse al peque. No se lo pensó dos veces y me puso en las manos los materiales. No me hizo falta preguntarle lo que quería. Lo veía con bastante claridad.

Uní una punta del lápiz con otra de la cinta y los aseguré con cinta de embalar. "¡Ya está!" exclamé sacudiendo la cinta en el aire. La cara de felicidad de mi niño no tiene precio.

Cogió su tesoro y se fue por toda la casa agitándola para hacer nuevas formas en el aire. Hasta el gato se unió a su juego en cuanto descubrió el nuevo juguete. Qué fácil y barato es hacer un juguete con múltiples posibilidades.

Y aún así se siguen empeñando en pedir juguetes de tienda. Y yo en comprárselos. Somos víctimas de la publicidad.