jueves, 19 de octubre de 2017

Billy Elliot

Hace poco tuvimos la gran suerte de asistir al preestreno del Musical Billy Elliot gracias a Literatura SM. ¡Y lo pasamos en grande! Fue realmente espectacular. Tanto que me quedé con las ganas de leerme el libro, publicado por dicha editorial, que tuvo el gran detallazo (además del regalo de las entradas que no es moco de pavo) de enviarnos la novela. Ualaaaaa que subidón cuando abrí el paquete y me la encontré entre mis manos.

Y más subidón le dio al mayor que no para de recordarme lo impactante que fue el musical y de preguntarme todas sus dudas sobre lo que son las huelgas, los esquiroles, las crisis energéticas... Enseguida lo agarró y se puso a pasar páginas como un desesperado asegurando que, aunque le parecía que tenía demasiadas letras y pocos dibujos, estaba más que dispuesto a leérselo.

Aquí entre nosotros, me huelo que se las prometía muy felices con la sarta de palabrotas que salieron de la boca de los actores y pensaba que las encontraría todas escritas entre las páginas del libro, pero se debió llevar una decepción porque en este sentido el libro es mucho más suave. Aún sigue emperrado en leerlo cuando acabe el que tiene ahora entre manos. ¡A ver si es verdad!

El caso es que, en cuanto se despistó el primogénito, me hice con él y me lo leí de una sentada. Me pasa a menudo con las novelas que me enganchan. Me cuesta parar por mucho sueño que pierda.

Es una adaptación del guión de la película, con lo que me lo esperaba con menos calidad de la que le supongo a una novela original de la que el autor tenga toda la trama y personajes en su cabeza desde el inicio. Pero no, se nota que a Melvin Burgess le impresionó tanto la historia del sueño de este niño bailarín como a nosotros, porque ha logrado introducirse, no sólo en su cabeza, sino en la de todos los personajes que le acompañan con muchísimo éxito.

Realmente consigo meterme en la piel de ese padre destrozado por la muerte de su esposa y angustiado por la suerte de sus hijos, entiendo las reacciones extremas de un hermano que ve desvanecerse su futuro en plena juventud y al que le arde la sangre en las venas, viví el miedo del mejor amigo por perder al único que le acepta como es en su entorno... Y sobre todo, entiendes el cacao que vive en la cabeza Elliot hasta que se deja de excusas y justificaciones y encuentra su sitio y las fuerzas para luchar por su sueño a pesar de los estereotipos y prejuicios que le perseguirán tras tomar las decisiones más importantes de su vida.

La narración te lleva a situaciones tan emotivas como cotidianas en una familia destrozada por la pérdida de la madre, que los mantenía a todos unidos, y por las circunstancias económicas y sociales que les ha tocado vivir. Mineros y sus familias viviendo en condiciones miserables tras convocar una huelga cuya causa está perdida desde el principio.

Se recomienda para niños mayores de 10 años y yo diría que es perfecto para niños, jóvenes y adultos porque es un libro que te llega al corazón. Como bien dice Daniel, tiene mucha letra y pocas ilustraciones, pero es muy ameno, con un vocabulario accesible para los peques y se lee sin dificultad. A mí, en particular, me ha gustado muchísimo.

miércoles, 18 de octubre de 2017

Covarrubias en el puente del Pilar

Mientras yo me quedaba de Rodríguez, mis churumbeles y su papá se iban de puente al pueblo. Me reuní con ellos el viernes por la tarde para descansar de una semana agotadora. Estaba tan cansada que me apetecía poco más que vegetar todo lo que pudiera. Eso no evitó que mis niños se lo pasaran genial todo el puente y vivieran miles de aventuras.

La primera de ellas consistió en ganarle la batalla a las zarzas y liberar unos árboles frutales de la abuela de sus garras. Lucharon valientemente y acabaron con muchas de ellas llevándose en el camino muchas heridas de guerra y un accidente que, afortunadamente quedó en nada y podía haber sido tremendo. Yo no estaba y cuando me lo contaron casi me da algo. Resulta que Daniel le dio a Iván sin querer en la cabeza con el azadón. menos mal que le debió dar flojo porque cuando le revisé la cabeza al pequeño sólo encontré un pequeño chichón. Vaya susto.

También hubo tarta, porque celebramos por tercera vez el cumple del más pequeño (primero con los amigos, luego en el día que nació y, finalmente, con la familia en Covarrubias). El niño sopló las velas tan feliz y recibió regalos superchulos. Hubo un momento de envidia celosilla por parte del mayor que ya habíamos pasado con el pequeño en la celebración del mayor y de los que me tengo que acostumbrar porque todos los años pasa lo mismo. Pero la sangre no llegó al río, afortunadamente.

¡Ah! Que también hubo río. Fuimos a la orilla para dar de comer a los patos, que se acercaron ávidos de pan. Allí Iván se inventó una canción muy divertida que acabamos cantando todos al ritmo de palmas, piedras entrechocadas y fuertes zancadas. Decía algo así como "ingual chichihuahuas metal", que según el autor significa chihuahua verde al que le salen diamantes de la piel.

Los niños y su padre estuvieron todo el rato de paseitos por el pueblo, pero yo no les acompañé en todas las ocasiones porque prefería quedarme tranquila a disfrutar del frescor de la casa. Porque hacía un calor horroroso, que yo creo que me bajó la tensión y todo.

¡Hasta una partida de rol organizó el padre! Nunca había visto a los peques tan entregados para llevar a buen término su misión, que por cierto realizaron con éxito. El más pequeño ahora persigue a su padre para poder estrenar la varita mágica que ganó con su hazaña en su próxima aventura.

Y por fin, volvimos a casa y tuve que volver a la cruda realidad del no parar. Ay si yo pudiera para el tiempo. No me sacabais de la cama en un lustro.

lunes, 16 de octubre de 2017

Totalmente Adrián

Totalmente Adrián es un precioso Álbum ilustrado que nos habla de una manera muy creativa de la necesidad que tenemos de aceptarnos a nosotros mismos como somos y de recibir la aceptación de los demás. También nos cuentan cómo vamos cambiando mientras crecemos (física y emocionalmente) y que a veces es difícil adaptarnos a esos cambios, pero una vez liberados de tabús, miedos y temores por fin podemos disfrutar de cómo somos en realidad y volar.

Es una metáfora que encarna Adrián, un niño encantador al que, de repente, un día le salen unas enormes y preciosas alas. Al probarlas y volar libremente se da cuenta de que se siente genial, pero pronto le atacan las sombras de la duda. Tener alas en la espalda no es lo que se dice lo más normal del mundo. ¡Ay Dios! Adrián ha dejado de ser "normal", es terrible para él porque no sabe cómo reaccionarán aquellos a los que estima. ¿Y si se enfadan? O, peor aún ¿le rechazan?

Este temor es muy normal que surja en los niños a medida que crecen y van desarrollando su carácter. Necesitan sentirse queridos y aceptados a toda costa y eso a veces hace que no se sientan bien consigo mismos y surjan comportamientos desestructurados que ni siquiera ellos pueden comprender.

En esta historia Adrián se esconde dentro de un enorme abrigo amarillo, el de la vergüenza, que le impide comportarse con naturalidad, que cada vez le pesa más y le hace sentirse peor. Como es natural, sus padre son los primeros en notarlo y en preocuparse, pero se sienten impotentes ante la situación, sólo pueden estar a su lado. Es el peque el que tiene que dar el primer paso para mostrarse tal y como es ahora, con esas impresionantes alas, y volar por fin.

Este libro es una herramienta perfecta para ayudar a los niños a volar y gustarse a si mismos con sus singularidades. Así perderán el miedo a no ser aceptados o queridos por ser diferentes. ¡Todos somos diferentes! Lo normal no existe. Sólo es una forma de hablar, pero cada uno tenemos nuestras virtudes y defectos que nos hacen únicos y especiales, ni mejores ni peores. Y educar a nuestros hijos en estos valores es importante.

A nosotros nos ha encantado tanto la historia como las maravillosas ilustraciones que contiene este álbum y espero que la enseñanza de sus páginas cale en las mentes de mis niños.

domingo, 15 de octubre de 2017

Con bici y patinetes al parque Juan Carlos I

A Raúl se le ha ocurrido una genial idea. Un día de cada finde lo vamos a invertir en ir al parque a que nos dé el aire siempre que el tiempo lo permita. Y últimamente lo permite mucho. Así que ese mismo finde comenzamos la nueva costumbre cogiendo la bici de Iván y los patinetes de Daniel y el padre y dándonos un salto al Parque Juan carlos I que está genial para ir en familia.

Tiene unas calles perfectas para ir sobre ruedas y unos parques infantiles chulísimos. Al principio al padre no le sentó muy bien que nos parásemos cada diez minutos para jugar en unos y otros columpios, pero acabó por acostumbrarse. A mí me venía de lujo porque iba a pata y tenía que ir a buen ritmo para seguir el ritmo al más pequeño. Al mayor y a su padre los perdía de vista cada dos por tres, pero allá ellos.

El caso es que ir a toda velocidad es muy divertido, pero era ver unos columpios y dejar atrás el vehículo de cualquier manera para comenzar una carrera desenfrenada hacia ellos. Y esos que en todos Raúl advertía muy serio que ése sería el último en el que pararíamos.

Si no hubiera parques infantiles tan chulos no hubiéramos tendido tantas paraditas, pero es que habían tirolinas, columpios con ruedas, coches de madera, barcos pirata... Y hasta una tela de araña gigante para escalar. Si hasta me daban ganas de montarme a mí (en el columpio de ruedas me monté, lo confieso).

Así que se nos hizo tardísimo y ya no pudimos montarnos en el tren que recorre el parque y que es gratis. Los chicos no protestaron porque debieron acabar tan cansados como nosotros. ¡Casi tres horas estuvimos dando vueltas por allí antes de volver a casa para comer!

Ni que decir tiene que ese sábado no perdoné la siesta.






sábado, 14 de octubre de 2017

Yo sobreviví a la feria

Todos los años la misma historia. La Feria se instala con todas esas luminosas atracciones y ese ruido ensordecedor, relativamente cerca de mi casa y es imposible ocultarles el gran acontecimiento a los peques. Si no la oyen, la ven y si no se lo cuentan, pero el  caso es que ya los tengo dándome la brasa con el cuando les llevo.

Buuuuuf, que pereza meterme en una multitud, gritos, música estridente para vaciarme los bolsillos a la velocidad de a luz. El próximo año voy a plantearme hacerles elegir entre feria o parque de atracciones. Fijo que me sale más barato.

El caso es que accedí a llevarles el lunes porque ese día y el siguiente todas las atracciones estaban a mitad de precio. Algo es algo.

Allí que me presenté con mis churumbeles el día señalado. Daniel iba un poco mosca porque daba la casualidad que todos sus amigos iban a ir al día siguiente. ¡Vaya por dios que casualidad! Y yo  el martes tenía el día completito, así que se tuvo que conformar. Sobra decir que se lo pasó en grande por mucho que sólo estuviéramos Iván y yo con él.

Se montaron en un montón de atracciones agotadoras. Yo los veía saltar, correr, subir y bajar escaleras, colgarse, tirarse a lo bonzo y me cansaba sólo con el espectáculo. Casa de la risa, castillos hinchables, piscinas de bolas, el tren de la bruja... Todo pasaba vertiginosamente por mis ojos casi sin darme cuenta hasta que mis hijos repararon en el elemento de tortura más horrible de la historia. No sé si le llaman la cárcel o la centrifugadora. A mí me parecía una infernal mezcla de las dos. mis churumbeles me pusieron sus mejores y más estudiados ojitos de bambi para montar en ella. Ya habían reparado que las celdas estaban llenas de niños, así que no me valía la excusa de que era una atracción de adultos.

Resignada a lo inevitable pregunté al encargado si mis hijos podían montar aferrada a una última esperanza que el señor se encargó de destruir con un escueto sí. Por supuesto no podía dejarles montar solos para verles llorar a pie de pista y morir de angustia maternal. Así que me metí con ellos en el cubículo y me aferré con fuerza a los barrotes. Les di instrucciones precisas: agarrarse bien y saltar cuando la atracción bajara para evitar los mareos (yo ya he subido en mi juventud, qué os creeis).

La cosa empezó suave, pero enseguida fue cogiendo una velocidad espantosa. Los chiquillos se me cayeron al suelo y empezaron a estamparse contra los barrotes. No me quedó otras que recogerlos con fuerza y aprisionarlos entre mis brazos y piernas que afiancé como pude. Madreeee que infierno. U aquello que no se acaba. Como no saltaba (ya me diréis cómo) me cogí un mareo importante. Poco faltó para que saliera de ellí a cuatro patas. En cambio, mis hijos salieron dando saltos de la emoción y gritando "¡Otra vez!¡Otra vez!". Ni locaaaaaaa. Se quedaron con las ganas obviamente.

De allí fuimos al simulador de montañas rusa, que les flipó mucho, pero que, no nos engañemos, es muy suavecito y me permitió recomponerme más o menos.

Llegué a casa como si me hubieran dado una paliza y a día de hoy aún me duelen hasta las pestañas. A la cárcel centrifugadora les va a acompañar su padre el próximo año porque una servidora se niega ay ay ay

viernes, 13 de octubre de 2017

Champú cabellos castigados y acondicionador exprés Dolores Promesas

Gracias a Youzz estoy probando  el nuevo Champú para cabellos castigados y el acondicionador instantáneo de Dolores Promesas. Cuando me llegó me encantó el diseño de líneas rectas, en blanco y rosa con el logo de la marca en grande. Me pareció muy elegante. Son las típicas botellitas que no escondes detrás de la cortina de baño porque ya de por si adornan el cuarto.

Lo primero que hice fue olerlos. Supongo que es algo que solemos hacer todos antes de probar un producto de estética. Confieso que en ese momento fue un gesto inútil porque andaba yo con un trancazo que me había dejado sin olfato, pero cuando pude volver a respirar con algo de normalidad me di cuenta de que el olor de ambos era muy suave y agradable.

El mismo día que lo recibí me lavé el pelo para probar ambos productos. El champú no hace mucha espuma con lo que se quita con facilidad con abundante agua. Es agradable al tacto y de un color rosa claro. Una vez lavado el pelo apliqué el acondicionador con el spray cuando aún lo tenía mojado. No necesita aclararse así que así mismo me lo envolví en una toalla para quitarle un poco de humedad y luego me lo sequé con el secador. ¡Me quedó genial! Suave, con volumen y muy brillante.

He notado que es más fácil peinarme. Tengo un pelo muy dado a los enredos con lo que estoy acostumbrada a los tirones, pero ahora me paso el cepillo con mucha más suavidad, lo que se traduce en menor caída del cabello.

El champú para cabellos castigados está formulado con keratina, que hace que disminuya el riesgo de rotura del pelo y potencia el brillo del mismo. El acondicionador es bifásico y tiene aceite de argán y acondicionadores que hidratan y evitan el encrespamiento. Hay que agitarlo antes de usarlo.

Entre que son de fácil aplicación y los resultados se ven muy rápido estoy encantada con ambos productos y son los que uso con más frecuencia.

jueves, 12 de octubre de 2017

Fiesta de cumpleaños Clash Royale

Por fin llegó el día de la fiesta con amigos y mis hijos estaban eufóricos. Les encanta recibir a sus invitados y enseñarles cada detalle de la decoración, de la comida, sus juguetes... En cuestión de minutos la casa se había convertido en una campo de minas de esos mismos juguetes y los peques parecían estar pasándoselo en grande.

Todos se rieron bastante con la puerta Dragón Infernal, así que podemos decir que cumplió su cometido. Como el tema de clash Royale les fascina a todos, creo que es la primera vez que les he visto pararse más de un minuto frente a una decoración de las fiestas temáticas que llevamos celebradas hasta ahora. Y yo más feliz que una perdiz. Por supuesto.

Cada vez que parecía que la cosa se iba a desmadrar el padre de las criaturas ponía el rap de las legendarias, Mira Clash Royal, súbeme de copas o similar y las fieras se tranquilizaban. Oye, mano de santo. Lo que es el poder de la música, aunque sean parodias cutres.

Tardé bastante en poner en marcha las actividades dirigidas porque se lo estaban pasando en grande y daba pena cortarles, pero el tiempo volaba, así que les llamé para hacer Elixir viscoso (slime). La cosa prometía así que no se hicieron de rogar.

El experimento era muy fácil. Me lo había leído un montón de veces y ya lo habían hecho en un taller de ciencia al que asistimos. Sólo teníamos que mezclar agua, cola, colorante y borax para conseguir nuestro elixir de Clash Royale. Una pena que usara pegamento en vez de cola porque pensé que el efecto sería el mismo y que se me olvidara calentar el agua. Evidentemente, no nos salió slime, pero si una sustancia lo suficientemente viscosa para que los peques disfrutaran de los linto guarreando. Si es que son de un agradecido...

Se pegaron un buen rato metiendo la mano en el líquido azul fango y tocando el pegamento solidificado muertos de la risa. Luego lo metieron en unos botes con tapa que les di y recogí todo lo más rápido que pude para evitar accidentes desastrosos.

Entonces comenzó la batalla en la arena cumpleaños. La primera prueba consistía en tirar pelotas (cada equipo de un color diferente) y tratar de encestar en la cesta del contrario. La dificultad radicaba, sobre todo, en que las pelotas tenían que pasar por el bando enemigo hasta llegar a la cesta. El problema es que se fliparon y ya volaban pelotas que no eran de su color con el riesgo de devolver pelotas al enemigo para que volviera a intentar encestar. Y en algún momento me pareció que ambos equipos se olvidaban del objetivo y se dedicaban a bombardear a sus enemigos sin más. Resultado: 0-0. Nadie consiguió encestar ni una, pero lo que se pudieron reír.

La segunda prueba les pareció aún más divertida. Yo sujetaba un cojín gigante en mitad del pasillo y a mi señal, ambos equipos empujaban desde su lado para arrastrar al equipo contrario hasta hacerle traspasar una marca. ¡Que bestias! Menos mal que seguí sujetan el cojín durante la batalla o alguno habría salido herido. Afortunadamente, no. Y les flipó el juego.

Tenía un tercer juego preparado de hacer puntería con ballestas a unos objetivos de Clash Royale que había cubierto con celo de doble para para que se pegaran los pompones que íbamos a usar como proyectiles, pero les vi demasiado excitados como para ponerles a hacer pruebas de puntería y decidí no hacerlo y dejarles más tiempo de juego libre.  Creo que fue lo mejor, aunque Daniel me criticara esta decisión. Al día siguiente jugaron él y su hermano y se lo pasaron muy bien. Seguro que mejor que con tanto follón.

Al rato tuve que llamarles de nuevo para el momento tarta. Ahí tardé bastante más en convencerles, pero acabaron por venir a cantar el cumpleaños feliz mientras los homenajeados, que ya habían perdido sus coronas en el fragor de la batalla (jo, que pena), soplaban las velas. Luego todos dieron buena del cuenta del bizcocho acompañado de kilos de chuches y nata.

Entonces llegó el momento de los regalitos y la dispersión. Los invitados se fueron a sus casas y mis niños se quedaron en casa con ganas de más. Pero al día siguiente había clase y lo que tocaba ya era recoger, "cenar" (estábamos de llenos de las guarrerías de la merienda y la tarta) e irse a dormir y soñar con fiestas de cumpleaños.